De nuevo, madrugón, y muy justificado: nos esperan las barcazas motorizadas que, siendo aún noche cerrada, nos van a llevar río Martapura arriba, camino de Lok Baintan y su desconocido mercado flotante. No hace frío, pero el rocío del alba ha tapizado la cubierta de hojalata de las pinazas con una peligrosa capa de humedad, lo que no facilita viajar sobre el techo. Viajamos en seis lanchas bastante grandes, y aprovecho un neumático para sentarme arriba sin riesgo de mojaduras o, peor, resbalón.
La hora es bruja, y la oscuridad se va poco a poco matizando. Alborea, y ya es posible distinguir los perfiles de los cientos –sí, cientos- de mezquitas, aljamas y musalas que salpican el caserío palafítico a orillas del Martapura. He visitado muchos países islámicos, pero jamás había visto tal acumulación de mezquitas en ningún rincón del mundo musulmán. El sur de Borneo es inmensamente fiel a su religión, y el viajero no deja de sorprenderse ante las múltiples, variadísimas formas de este piélago de templos. Mezquitas por arrobas.
Se tarda mucho en llegar a Lok Baintan desde Banjarmasin. Tal vez sea esta la razón por la cual muchos viajeros desconocen uno de los mercados flotantes más auténticos y fascinantes del Sudeste Asiático. Recuerdo que hace años, de visita por esta región, me acerqué hasta el gran mercado flotante del estuario del río Barito, a la altura de Kuin, y me fascinó su sencillez, colorido y gestualidad, tan diferentes de los agresivos mercados flotantes que pululan por Bangkok y sus alrededores, pura mercadería para turistas.
Casi dos horas después de zarpar, un puente colgante anuncia la llegada a Lok Baintan. Atrás han quedado escenas maravillosas: riberas con cultivos, arrozales y palmerales; casuchas palafíticas arracimadas donde grandes y pequeños realizan sus abluciones matutinas en el Martapura; pantalanes atestados de niños y niñas uniformados a la usanza islámica tradicional para acudir puntuales a la medersa, esperando la barca escolar. De una casa sale de repente una motocicleta que avanza por una kilométrica y estrecha pasarela sobre el agua, superando palafitos uno tras otro, y recortándose sobre el frondoso paisaje que se asoma al río. Frágil equilibrio…
La originalidad –y en cierto sentido, el sublime encanto- de este mercado radica en que se trata de un universo casi exclusivamente femenino. Las mujeres madrugan mucho para llegar en sus minúsculas y oscuras piraguas hasta las inmediaciones del puente colgante de Lok Baintan, y es fácil distinguir a compradoras de vendedoras: las primeras llevan cestos o cubos vacíos en la proa y popa de sus frágiles embarcaciones, que pronto irán llenando tras negociar con las que venden. Aquí los arreglos se hacen gesticulando mínimamente y susurrando, de forma casi imperceptible para los ojos y oídos del viajero occidental. Dos piraguas se aproximan, algo sucede bajo los enormes sombreros hemisféricos de paja de arroz, y enseguida se va llenando la curiosa cesta de la compra de pollos enteros, o de verdes naranjas, o de legumbres, verduras y hortalizas nunca antes vistas. Y hay algo más: todas dejan que sus barquitas floten y deriven con la corriente, de forma que es el Martapura el que en última instancia gobierna el cadencioso fluir del mercado. Como no hemos desayunado y el hambre aprieta, Mercedes y Maribel se lanzan a comprar frituras dulces y bizcochos, francamente buenos, mientras Felipe, con su prudencia rolo-cachaco-bogotana, no prueba bocado. Cada vez van llegando más piraguas, y ahora sí, la variedad de la oferta es grande para las compradoras, y algún que otro comprador: hay barcas-freiduría, barcas-almacén (con paños y toallas apilados), barcas-frutería, barcas-pescadería…
Y de repente, una alucinación: erguida sobre una barquita capitaneada por una campesina, una visión de otro mundo, una ilusión, una fantasía.
¡Una modelo!
Guapísima, peinadísima, maquilladísima y vestida como una princesa de cuento oriental (mucho brillo áureo, mucha gasa blanca, mucha diadema centelleante y mucho oropel), una modelo intenta a duras penas no caerse al agua mientras la piragua en la que se yergue se cimbrea peligrosamente. La sigue un cortejo de barcas con fotógrafos, regidores y asistentes, y ella divina, con sus poses imposibles, como que pasaba por allí pintada como una puerta a las ocho de la mañana, a la caza de algún dos por uno en la sección de hortalizas. La verdad es que es simpática y cuando se percata de la presencia de turistas, exagera la postura y sonríe mucho, sin darse cuenta de que peligra su integridad física. Tacones y pelucones nunca han combinado bien con los mercados tradicionales asiáticos, y menos si son flotantes. Y sin embargo, los únicos realmente sorprendidos somos los extranjeros que asistimos a la pantomima sin saber si frotarnos los ojos o estallar a carcajadas. Las decenas de mujeres que, ahora sí, abarrotan con sus barcas la margen izquierda del Martapura a su paso por Lok Baintan, ni se inmutan.
Cuando a lo lejos veo acercarse a otra modelo de la misma guisa, pero vestida de oscuros paños, no puedo evitar pensar en Odette y Odile, el cisne blanco y su negro alterego del Lago de los Cisnes, surcando las negras aguas de la mágica ciénaga mecidas por la siniestra voluntad del malvado Rothbart.
El regreso a Banjarmasin, ayudados por la corriente del Martapura, es más rápido, aunque nos lleva una buena hora y media llegar al hotel. Tras literalmente devorar el desayuno, cerramos maletas y ponemos rumbo al aeropuerto, de donde a media mañana despegará nuestro vuelo hacia Pangkalan Bun: viajaremos desde Kalsel (Kalimantan Selatan, o Borneo Meridional, cuya capital es Banjarmasin) hacia Kaltel (Kalimantan Tengah, o Borneo Central). El avión es pequeño, y nos toca pagar una fuerte penalización por exceso de equipaje, que la compañía insiste en cobrar en moneda local, y sólo tengo euros o dólares en cantidad suficiente como para cubrir el sobrecoste. Acompañado por un empleado de la aerolínea, vuelvo a cruzar la zona de seguridad y me encamino a la oficina de un cambista donde discriminan los billetes pequeños, medianos o grandes de dólares americanos para aplicar tasas de cambios distintas. Intento hacer todo tan deprisa que me dejo 200 dólares olvidados allí, y me localizan a pie de avión para devolverme el dinero: honestidad ante todo. Como siempre en Indonesia, hay que pagar pequeñas tasas de aeropuerto (lo hace cada viajero de forma individual), y en el caso de Banjarmasin se paga además una tasa municipal.
El vuelo hacia Pangkalan Bun dura apenas tres cuartos de hora, y luego hay que viajar unos cuántos kilómetros hasta Kumai, a orillas del río Sekonyer. La ciudad es anodina, salvo por un detalle: por doquier asoman monolíticas construcciones oscuras con pequeños huecos en los muros. Se trata de los formidables bastiones de una de las grandes industrias locales: los nidos de golondrina. Estas aves hacen sus nidos con su saliva, que se solidifica en forma de fideos finos, blancuzcos y transparentes. Los comerciantes suelen “cosecharlos” cada dos semanas, y su valor comercial es elevadísimo, ya que con ellos se realiza una sopa considerada como afrodisíaca por los chinos. En determinados periodos, la saliva contiene restos de sangre, lo que confiere un color rosado a los nidos: esos son los más caros, los más apreciados, los más codiciados.
Pronto llegamos a orillas del Sekonyer. Un batallón de mozos transporta nuestro equipaje hasta los seis klotoks, embarcaciones tradicionales de madera, que hemos fletado para nuestra expedición de tres días y dos noches hacia el interior del Parque Nacional de Tanjung Puting, uno de los escasos lugares en el planeta donde uno puede ver orangutanes, macacos, gibones y monos narigudos (probistideos) en grandes cantidades. Tras repartir los barcos y acomodarnos, iniciamos la navegación y aprovechamos para almorzar. Viendo un poco el panorama, organizo la distribución de comida, y he tenido la precaución de avisar con tiempo de que debíamos tener cerveza, refrescos y agua mineral bien fresquitos desde el primer momento. Los dos hermanos (que, por cierto, son Dayak, los míticos cortacabezas de Borneo…) que gestionan el negocio de los barcos, y que nos acompañarán durante todo el recorrido, son muy dispuestos, y todo hace prever que harán lo posible por hacer que estemos a gusto a bordo.
Como eso de que “el que reparte, se lleva la mejor parte” nunca suele ser demasiado cierto, al final Felipe y yo nos quedamos sin comida. Ni corto ni perezoso, uno de los hermanos avisa al cocinero, y en un momento nos planta un par de enormes gambones de río deliciosamente cocinados en un cuenco. A veces, las cosas son más sencillas de lo que parecen…
El Sekonyer es un río contaminadísimo. Hay minas auríferas al norte, y sus aguas contienen mercurio. Pronto abandonamos el cauce principal para adentrarnos por canales bordeados por palmeras Nipa, con las que los aborígenes cubren sus tejados de forma tradicional, y que aquí separan el agua del bosque secundario que atisbamos tras los palmerales. Va cayendo poco a poco el día cuando llegamos a Tanjung Harapan, a las puertas del Parque Nacional. La burocracia local impone entregar tres fotocopias del pasaporte por persona y el pago de unas fuertes tasas, y aunque hemos logrado distinguir entre los árboles más elevados las formas de los narigudos probistideos, a estas horas ya sólo podemos esperar disfrutar de un bonito atardecer. Acercamos los barcos hasta el pantalán del pueblo, y caminamos a orillas de sus arrozales y acequias. En Kalimantan se talan bosques enteros y después se queman las raíces para aportar nutrientes a un suelo pobre, con una mínima y frágil capa de mantillo. El ocaso es soberbio, en este rinconcito perdido de Borneo.
Los capitanes se niegan a seguir navegando a oscuras. Piensan que es más seguro dormir bien amarrados al pantalán de Tanjung Harapan, así que organizamos enseguida una mesa larga y distribuimos cervezas frías entre todos. Antes en los barcos cocinaban los hombres, pero al incrementarse la afluencia de viajeros hacia el río Sekonyer, hubo que admitir mujeres a bordo de los barcos, necesariamente esposas de marineros por aquello del rigor islamista. Las que trabajan para nosotros son excelentes cocineras, y los platillos que surgen de las entrañas de los klotoks son sencillamente deliciosos. Con mimo y bastante inocencia, un par de mozos de a bordo han colocado velas sobre los bancos y barandillas del embarcadero, y la verdad es que el conjunto tiene un cierto encanto.
A escasos metros, una familia de Tanjung Harapan ha abierto un pequeño lodge con tres habitaciones. Al descubrirlo, señalo al grupo que si alguien prefiere dormir en una cama, podría ir a inspeccionar sus habitaciones y negociar con el dueño. Casi todos vamos a ver los cuartos del sencillo lodge, y finalmente se deciden por ocuparlo Yolanda, Carmen, Maribel y María, dejando en la cuneta a otros que, como Montse y José Luis, hubiesen de buena gana pagado los cincuenta eurazos (ya está bien…) que el avispado propietario pedía por el cuarto más grande. Como no hay mal que por bien no venga, eso deja más espacio en los barcos para aquellos que tienen que dormir en cubierta: enseguida se organizan mosquiteras, colchones, sábanas y almohadas, y como quiera que prefiero que Felipe tenga un poco de privacidad en el barquito que le he asignado, Oscar, Alfonso y yo nos organizamos bajo el quiosco del embarcadero.
La noche se avecina larga.